Ramiro trabaja con gente que le manda fardos. Lo dice así, sin más trámite: hay personas, en otro país, que juntan ropa, la prensan, la envuelven y se la mandan.
Los bultos llegan a Guaymallén cerrados y se quedan cerrados. Pesan cuarenta kilos cada uno. El que quiera puede comprarse uno entero sin verlo por dentro, tal como vino, y probar suerte. O puede comprar por peso: se sube la ropa a la balanza y se paga el kilo. Un kilo son cinco o seis remeras. También pueden ser cuatro vestidos.
Un miércoles cualquiera entra y sale gente todo el tiempo. Se pregunta el talle. Se pregunta el precio. Se mira la etiqueta, si la tiene. Nadie pregunta de dónde salió cada prenda, porque la respuesta no cambia nada de lo que hay que decidir ahí, con la remera en la mano.
Para que ese bulto llegara hasta la balanza, alguien tuvo que firmar antes un papel en el sistema de la aduana, declarando bajo juramento una cosa muy concreta: que lo que viene adentro no es un residuo. Que no es basura.
Nadie lo abrió para comprobarlo. Se jura sobre el bulto cerrado, igual que se compra.
Y adentro de todo fardo hay una parte que no se va a vender nunca. Viene prensada junto a la que sí.
Lo que sigue es sobre ese papel.
Escena reconstruida a partir de conducta y territorio documentados; fuentes al pie del artículo.
La señal
En doce meses la importación argentina de ropa usada pasó de 13 toneladas a unas 3.521 toneladas anuales: el 11% de todo lo que el país importa en indumentaria. El 90% entra por Chile y el 84% de eso cruza por la aduana de Jujuy. En cuatro meses pasaron más de 200 camiones (Diario Yerba Buena, 2 de marzo de 2026). De una feria de San Salvador de Jujuy la mercadería se reparte a ferias "americanas" de barrio en todo el país.
Eso es el volumen. Lo que importa es cómo entra.
Para importar ropa usada, el importador debe presentar una declaración jurada en el sistema informático de la aduana afirmando que la mercadería no constituye un residuo en los términos de la Ley 24.051 —la de residuos peligrosos— y que no está destinada a valorización energética ni a disposición final. Es un juramento sobre el contenido de un bulto prensado y cerrado, que nadie abre en la frontera.
En el otro extremo de la cadena el bulto sigue cerrado. En Guaymallén, Mendoza, Ramiro lo resume: "Nosotros trabajamos con personas que nos mandan fardos". Los fardos pesan 40 kilos y cuestan entre $300.000 y $900.000 según categoría. Se venden sellados para revender. Quien no quiere el bulto entero compra por peso: $20.000 el kilo, cinco o seis remeras (Diario Uno, 4 de febrero de 2026, con visita al local).
Nadie abre el fardo antes de pagarlo. En la aduana tampoco.
El contexto
El comercio existe porque hay un vacío: el decreto 333/2017, que restringía la importación de ropa usada, venció en mayo de 2022 y no se renovó. Ese es el antecedente.
La noticia es la arquitectura del trámite. La ropa de segunda mano que llega al Sur global es, en origen, un excedente: lo que en el Norte se dona, se descarta o no se vendió. Si eso es mercadería o residuo no tiene respuesta física —depende de qué fracción se puede volver a usar—, y el sistema la resuelve por declaración: alguien firma que no es basura.
Cuánto de un fardo termina siendo invendible en Argentina no está medido. El único rango disponible es keniano y viene partido: hasta 40% por fardo según la Changing Markets Foundation con Clean Up Kenya y Wildlight; 1% a 2% según el gremio importador. Ninguna parte es neutral, no hay medición independiente, y no se traslada a Argentina como si fuera local.
Lo que sí se puede afirmar del caso argentino es más simple y más incómodo: nadie está midiendo. No lo mide el que jura en la aduana, porque jura sobre un bulto cerrado. No lo mide el que compra el fardo, porque lo compra sellado. No lo mide el que compra por kilo, porque compra una remera.
La lectura
La discusión pública sobre este comercio se da entre dos marcos, y los dos evitan lo mismo.
El primero es industrial: la ropa usada compite con la producción textil nacional. El segundo es ambiental y de acceso, y lo dicen los vendedores —en Tucumán, una comerciante lo formula así: "gana todo el mundo: gana el medio ambiente, gana quien vende la ropa y gana quien no tiene la posibilidad de comprar en el shopping". Es una frase de vendedora.
Los dos marcos discuten sobre las prendas que se venden. Ninguno discute las que no.
Y ahí está el problema con llamar a esto economía circular. La circularidad no es una intención, es una medida: la fracción de lo que entra que vuelve a usarse. Ese número no existe en ningún registro, y no porque nadie se haya tomado el trabajo: el diseño del trámite lo hace innecesario. Si el juramento reemplaza a la inspección, la única cifra oficial es la que el importador declaró.
Es la misma operación en los dos extremos de la cadena: en Kenia un impuesto propuesto este año iba a cobrarse sobre el valor en aduana del bulto entero; en Argentina se jura que el bulto entero no es residuo. Ninguno distingue, porque abrir el fardo antes de decidir costaría más que decidir sin abrirlo.
El patrón
Un fardo prensado es dos mercancías dentro del mismo envoltorio: la que alguien va a comprar y la que alguien va a tirar. El envoltorio es lo que viaja, lo que se declara y lo que se paga.
Cada eslabón pasa la ambigüedad al siguiente hasta que el bulto se abre. El que lo abre no tiene a quién pasársela.
Por eso el papel importa tanto: no describe la mercadería, la constituye. Mientras el fardo esté cerrado, es exactamente lo que el formulario dice que es. La ropa se vuelve ropa, o se vuelve basura, en el momento en que alguien la saca del bulto y decide. Y a esa altura ya está en un local de barrio, a $20.000 el kilo, y el juramento quedó a mil kilómetros y seis meses atrás.
Huecos declarados: no existe cifra argentina de la fracción invendible por fardo; el rango citado es keniano y de partes interesadas opuestas. El nombre del formulario aduanero circula solo en sitios de mayoristas —parte interesada— y no se usa: se describe el mecanismo verificable, la declaración jurada de no-residuo bajo la Ley 24.051. De las dos series de importación se usa la de Diario Yerba Buena, fechada y atribuida.
Los enlaces que esta pieza cita, reunidos y comprobados. Abrir para verificar.
- Diario Uno, «Dónde se venden las prendas de los fardos de ropa importados desde Estados Unidos», 4 de febrero de 2026 (con visita al local de Guaymallén; citas de Ramiro, precios y venta por kilo)
- Diario Yerba Buena, «Ropa usada: importación récord en Argentina y su impacto en la industria textil», 2 de marzo de 2026 (13 → 3.521 toneladas, 11% del total, 90% vía Chile, 84% por Jujuy, 200 camiones)
- Ley 24.051 de residuos peligrosos, texto actualizado — Argentina.gob.ar (marco de la declaración jurada de no-residuo)
- Boletín Oficial de la República Argentina, Decreto 1/2025 — residuos no peligrosos valorizados (régimen de certificados y declaración jurada del importador)
- Lampoon, «A third of all second-hand clothing shipped to Kenya is plastic waste in disguise» (rango de fracción invendible, investigación Changing Markets / Clean Up Kenya / Wildlight)
- Greenpeace África, «How fast fashion is fuelling the fashion waste crisis in Africa» (destino de la fracción invendible)